El hombre es una porquería, el hombre es una hermosura.
Pascal
Si el tránsito es una preocupación, es porque la vida se
consume muy a menudo en él.
I
Urgente descubrí mis ojos, la
celeridad me impulsó hacia arriba, momento de descender cuando debí hacerlo.
Quien piense que la gracia divina no existe, se ha extraviado o no se ha
arriesgado demasiado. Lo realicé en el filo de la milésima vuelta más,
precedida de un canto rejuvenecedor. Un minuto añadido de recorrido consumaría
la pérdida de mi expulsión, se me hubiera cerrado la puerta, hubiera perdido mi
parada. Limpié el último resabio de desperdicio líquido, espumoso y granulado
que circulaba todavía en mi brazo izquierdo, mi olfato estaba en quiebra pero
sabía qué sustancia era, sustancia mía, corrí hacia el centro y de manera
rápida timbré el sonido de descenso. ¡Las malditas vueltas me asolaban, me
azotaban, me impedían! En la quietud del autobús, descendí como mejor pude; en
la acusada subida de asfalto, me fue imposible desaparecer sin menearme como
vaquera, como si algo colgara debajo del canal de mis nalgas, apretujándome,
como si el movimiento lineal de mis piernas fuera imposible, curveándolas
únicamente, de afuera hacia dentro. Subir, subir, desaparecer.
II
Pude sentarme en el borde. ¡Qué
educación esta la mía! Me hubiera depositado así a la brava, como es mi estilo,
pero si apenas podía sostenerme. ¿Qué le dije a este insolente que venía
leyendo desde el pasillo? ¿Quién se cree este cabrón? ¿Leer? ¿Por qué no me
sede su asiento? Estos dos malditos hombres de la esquina que no me lo ceden.
¿Están ciegos o hacen no verme? ¿No sucumben ante mis necesidades? ¿No ven cómo
vengo, cómo me siento? ¡Qué va! ¡Qué idiotez! ¿Cuáles fueron exactamente mis
palabras?
—Disculpe,
hip —apenas puede coordinar la idea—… ¿puedo sentarme?
—¿Cómo?
—“dónde quieres sentarte, marrana”—.
—¿Puedo
sentarme? —algún vértice del escalón donde depositan los pies quienes van en el
asiento de la última fila de los pasajeros fue invadido, como banco, por parte
de una joven— y te señalo con mi dedo ahí donde está tu mugrosa y asquerosa
bota crema izquierda, a la que el lodo y el pasto seco lo recorre toda la
punta.
—“¿Pero
qué cosa? ¿Y si te hubiera dicho que no? Maldita sea, mi pie no puede moverse
ahora porque lo ancla todo tu traserote. ¡Esto parece una cochinada, qué digo,
es una cochinada! ¡Pero qué insensatez la tuya! ¡Vale madres! ¿Dónde me quedé,
dónde iba leyendo… ah, sí, —el índice de un dedo recorre palabra tras palabra
de un renglón—, “la realidad literaria…”.
¡Por fin! ¡Qué alivio! Reconozco
el dolor de mis piernas, apenas lo reconozco, ¡descanso! La oscuridad del
espacio no es la causa del porqué no veo, ella no nubla mi mirada, ella no
atrofia mi idea, no ennegrece la noción de mi, sino este alcohol que me posee
toda, que ha inundado mi conciencia. No debí cruzar la chela con el brandy, ni
apostar quién bebía de hidalgo la última. Me desplomo, siento nada, sé que
cabeceo sistemáticamente, luego me desvío a la izquierda y no voy más allá
porque me detiene el respaldo de este asiento de este lado; me oriento después
a la derecha y no caigo desbordada en el suelo porque siento cómo el brazo
izquierdo de esta mujer me detiene con su cara de asco, ¿se ha visto en el
espejo esta zorra?, no para de hablar con su teléfono móvil, una morra que se
ha sentado en el escalón que permite llegar a los asientos traseros, qué
chingados, compartimos la teoría del espacio, si no hay cabida, lo hacemos,
chingada madre.
Maldita sea, no puedo detenerme.
¿Cuántas veces el peso de mi cuerpo ha impedido la amorosa acción ir a besar el
suelo? No puedo detener el movimiento, cabeceo, cabeceo, izquierda, derecha,
algo debo innovar aquí, una acción liberadora.
¡No!, ¡no!, un canto no, ¡por
piedad! Un canto a Oaxaca salió de mi. No fue escandaloso, pero sí caudaloso,
sí escupí el calzado de uno que otro. ¡Ya señora, no se lamente! ¡Usted, viejo,
no exagere, no suba sus patitas como si se tratara de pirañas, solo huele la
putrefacción del alcohol, y no son más que fornúnculos blancos lo que antes
fueron las palomitas como botana, lo único que traía en mi pansita. ¿Qué más
da? ¿Qué chingados me importa? ¿Les importó a ustedes que me venía cayendo? ¿Y?
¿Y? ¿Qué hicieron? Nada, les valió madre. ¡Me vale madre que les de asco! ¡Me
dan asco ustedes!
¡Pero me he bañado toda! ¡Bravo,
mujer! ¡Mira mi brazo, chingada madre! ¿Dónde puse mi suéter? ¿Dónde carajos
está? Ah, está en mi cuello, no lo veía, ni a éste siento. ¡Me bañé toda de
esta parte!; fue necesario, he recuperado algo de conciencia ensuciándome tan
solo un poco. Creo que ya sé dónde ando.
III
¡Maldita parada! ¡Cuántos son los
que esperan! ¡Ya son las nueve, carajo! ¿Y este güey quién es? ¿Leyendo parado?
¡Cálmate! Bueno, me vale madre. Mi cabeza. ¿Sí es la parada de Santa Cata? ¡Ah
chinga, ¿sí?! ¿Le pregunto a este intelectual o…?
—Disculpa,
¿sí va a Santa Catarina, verda? —alzó la mirada un hombre barbudo, ensimismado
en un lectura curiosa, Marx para literatos,
mediana estatura, quien, tras dejar de leer,
meneó afirmativamente con la cabeza, para después expulsar un seco:
—Sí
—el hombre regresó a su lectura, no sin desapercibir un tremendo olor
alcohólico de una mujer en la veintena de años.
¡Estoy bien, entonces! ¡Cuánto
tiempo ya llevo aquí! ¡Pinches camiones, son lo mismo siempre! Ni un peso más
traigo para comprarme esos cacahuates que está vendiendo el don. ¿Y si le pido
prestado a este güey de aquí? ¡Qué hueva leer!, ¿no? En fin.
¡Ah, al final llegaste cabrón! A
ver si de pura cagada me toca asiento, la fila está larga. Caminando como
canguros, ándeles canguros, paguen, siéntense y déjenme aplastarme y dormir.
¡Ay, güey, mi cabeza! ¡Malditos tragos, estuvieron rudotes!
—¿A
dónde? —preguntó el chofer, pansa desbordada, bigote de morsa, mirada cansada.
—Uno,
constitución.
¿Cuánto dice la máquina? 4 pesos.
A ver, dos de a dos, mejor cuatro de uno. Apenas veo, chinga. ¡Hijo de la mañana, me lo ganaste
pinche barbón! ¡Ya no hay un puto asiento! Bueno, ni pedo, qué le voy hacer. Me
voy al rincón este. Esta cabeza me estalla, pinches vueltas, y ahora también
pesadez. ¡A ver a qué hora ya arrancas, maldita sea!
Esta brisa me refresca pero
también me está mareando chido, eh. Bueno, va rápida la circulación. Si tras el
puente marcha todo bien, llegaré pronto. Estas paredes jamás estarán limpias,
nunca borrarán todas estas letras mal hechas, no entiendo el pinche graffiti.
¡No puede ser, pinches obras, ya valió madre! ¡Este sueño, maldita cabeza!
¡Apenas se mueve, no avanza! Paras y frenas, me mareo más, maldita sea.
Mis piernas me duelen, y está
repleto el pasillo, toda esta humanidad junta apesta, carajo, estoy cabeceando,
las piernas se me doblan, no puede ser. Frena y avanza, y luego avanza más y me
pega toda la brisa. Me estoy mareando feo, muy feo, y tú ahí sentadote leyendo,
no la chinges. Me desvanezco, neta que me estoy cayendo, mis ojos se me
cierran, me voy, me caigo. ¿Cómo le hago? ¿Dónde me siento? ¡Ah, ya te vi,
papá! Aquí hay un huequito, nada más que tu bota apestosa apenas y me deja. Ya estuvo,
a ver cómo te digo, o mejor me siento así no más, así no más, sin pedir
permiso, pues quién te crees cabrón, tú leyendo y yo hasta la madre, en serio
que hasta la madre.